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la ciudad automática

Acabo de comprarme La ciudad automática, el libro que el gallego Julio Camba publicó en 1932 y que está dedicado a la ciudad de Nueva York. Lo poco que he leído no tiene desperdicio. Aquí os dejo el primer capítulo…

La ciudad del tiempo

¿Qué cosa extraña es esta que me ocurre a mí con Nueva York? Me paso la vida acechando la menor oportunidad para venir aquí, llego, y en el acto me siento poseído de una indignación terrible contra todo. Nueva York es una ciudad que me irrita, pero que me atrae de un modo irresistible, y cuanto más me doy cuenta de lo que me atrae, a sabiendas de lo que me irrita, me irrita, naturalmente, muchísimo más todavía.

Todas las comparaciones que se me ocurren para definir la clase de atracción que Nueva York ejerce sobre mí pertenecen por entero al género romántico: la vorágine, el abismo, «el pecado», las mujeres fatales, las drogas malditas… ¿Será, acaso, Nueva York una ciudad romántica?

Para mí, es la ciudad romántica por excelencia, y cuanto más desmedida la veo, la considero más inspirada; pero sobre esto tendríamos que entendernos. El romanticismo de Wall Street no es del mismo orden que el del Puente de los Suspiros, y no sirve para los comerciantes retirados ni para los matrimonios burgueses en viaje de luna de miel. Decía un poeta español que, en Nueva York, las estrellas le parecían anuncios luminosos. A mí, en cambio, los anuncios luminosos me parecen estrellas, y Nueva York, es, en mi concepto, una ciudad romántica, no a pesar de su brutalidad y de su codicia, sino por ellas precisamente. Por su brutalidad y su codicia, por su estridencia, por su violencia, por su culto de las catástrofes, por su sacrificio constante del pasado y del porvenir al momento presente, por la organización comercial de sus crímenes y la organización criminal de sus negocios, por su clima contradictorio, desmesurado e incontrolable; por su afán de escalar el cielo haciendo cada año un edificio más alto que los demás, y, en suma, por su ilimitación. ¿Conciben ustedes nada más romántico —para poner un ejemplo concreto— que esto de prohibir las bebidas alcohólicas a fin de elevar a la categoría de delito el acto de tomarse un aperitivo?

Nueva York es, indudablemente, la ciudad más romántica del mundo moderno, pero no creo que esto baste a explicar su extraño atractivo, y mi problema sigue en pie: ¿por qué me atrae de tal modo una ciudad que me irrita tanto? ¿Dependerá ello tal vez de una aberración mía? ¿Seré yo un caso morboso? ¿Tendré en el fondo de mi conciencia algún complejo de un orden desconocido y necesitaré quizá los cuidados profesionales del profesor Freud?

No lo creo, porque Nueva York me atrae a pesar mío, como atrae a pesar suyo a todo el mundo moderno. Uno viene hacia aquí solicitado por el afán ineludible de vivir su época, ya que Nueva York está en el centro de esta época tan exactamente como el cerro de Los Ángeles en el centro de España. Visto desde Nueva York, el resto del mundo ofrece un espectáculo extemporáneo, semejante al que ofrecería una estrella que estuviese distanciada del punto de observación por muchos años de luz: el espectáculo actual de una vida pretérita, quizá envidiable, pero imposible de vivir porque ya pertenece a la Historia. Nueva York es, ante todo, el momento presente. Es el momento presente sin más relación con el porvenir que con el pasado. El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado. Al llegar aquí, la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en todas las cuales nuestra vida constituía una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época. Nuestra época sólo Nueva York ha acertado a encarnarla, y probablemente ésta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso.

Nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno

may I?

Dice la wikipedia que Kevin Ayers pasó la mayor parte de su infancia en Malasia. La atmósfera tropical y el estilo de vida relajado tuvieron un gran impacto en él. Así, uno de los aspectos frustrantes y entrañables de su carrera consiste en que cada vez que ha estado cerca de alcanzar el éxito se marcha a algún lugar soleado donde se hallan con facilidad buen vino y buena comida . ¡Olé tus huevos Kevin!

Por cierto, ese señor que toca el bajo es Mike Oldfield

¡felicidades a los dos!

Una versión de Harvest Moon utilizada en la gran boda chilena…espero que a la novia le gustase mucho. Cuando volváis por aquí la grabamos mejor porque la hicimos a toda prisa y corriendo.

Por cierto Santi…¿para cuándo una canción con parte vocal sencilla?, ¡tú siempre a por nota!

voces/guitarra: Santi
guitarra/bajo: Ton

islas felices

Que Dios bendiga las islas solícitas
donde las órdenes nunca van a llegar
que Dios bendiga las Republicas justas
que den al hombre un hogar…
Rudyard KiplingLos hombres rotos

Venid, amigos míos
No es demasiado tarde par buscar un nuevo mundo.
Zarpemos, y bien sentados boguemos juntos
los resonantes surcos; pues me propongo
navegar más allá de donde se ponen
todos los astros de Occidente, hasta que muera.
Es posible que las corrientes nos arrastren:
es posible que demos con las Islas Felices
TennysonUlises

Del prefacio de Las islas felices de Oceanía, de Paul Theroux

leído en domingo

Fue uno de mis 28 derribos. Yo nunca apunté contra personas, y le diré más: de haber sabido que Saint-Exupéry iba en ese avión, no hubiera disparado. Ya entonces había leído todos sus libros, era un escritor célebre. Pero yo no lo sabía, ni siquiera hoy puedo estar del todo seguro.

El piloto alemán que abatió al escritor

Lo triste de la guerra: si reconoces al que tienes enfrente no habrías disparado. Quizás por eso los uniformes buscan el anonimato y homogeneidad.

Tras leer estas declaraciones cojo las Radiaciones de Jünger y me encuentro con estas palabras subrayadas:

Noticias locales. Perpetua ha ido a visitar al pequeño Grethe que ha sido atacado por un carnero. Estaba jugando cerca de un prado con su hermano y, sin duda porque llevaba una chaqueta colorada, el animal lo volteó y arrojó al suelo. A cada una de sus tentativas de ponerse en pie, el carnero se enfurecía , le pisoteaba las dos clavículas, le golpeaba con los cuernos en la cabecita, que se hinchó hasta casi quedar irreconocible. Su hermano corrió hasta la aldea a buscar ayuda. Oyó cómo el pequeño, cada vez que se levantaba, trataba de apaciguar a su astado adversario con estas palabras:

-Carnero, que yo soy bueno.