Archivos mensuales: diciembre 2009

Scott Dunbar – Easy Rider

Y tremenda canción/guitarra/voz de un Scott Dunbar diferente al del post anterior. Nacido en 1904, hijo de ex-esclavo y nunca “escolarizado”. Como dicen en el artículo anterior, sus canciones no buscaban dinero, ni fama, ni eran lamentos que salían de un corazón roto. Son las melodías de un hombre que vivió una vida de la que estaba satisfecho y que ante la pregunta “¿qué significa para tí la música?” respondía “Well, I’ll tell you–if it feels good to the people it feels twice as good to me”. ¡Chapó!.

niños victorianos

En Coruña, los domingos, algunos padres visten a sus hijos como si fueran niños ricos de una novela de Dickens. Pero hoy, día de Navidad, creo que esos padres se han superado. Sólo os digo que si me los encontrase a oscuras en un pasillo por la noche (a los hijos, claro) me moriría de miedo…

leica

Mi abuelo tuvo una Leica. Como tantas otras cosas, cuando se cansó de la cámara, la intercambió por otro nuevo capricho. En este caso particular, por un reloj de pulsera. Por mi bueno que fuera, creo que salió perdiendo en el cambio…

música callejera

Abro la nevera y me la encuentro casi vacía, así que decido bajar a la calle para cenar. Llueve y hace frío, de hecho, demasiado frío. Me acerco a la plaza de María Pita y entro en un restaurante en el que preparan comida italiana. Mientras espero por mi pedido leo la prensa y me tomo una 1906. Hay muy poca gente en el local y sólo se escucha una mezcla de voces bajas, música suave y las hojas de periódico pasar. Es un ambiente agradable en el cual los tiempos parecen calculados para que la comida se entregue cuando termine mi cerveza. Pago y me despido de los camareros con el pedido bajo el brazo.

Al salir, me encuentro con una plaza prácticamente desierta. Vuelvo paseando hacia mi casa y entonces comienzo a escuchar música de violín. La melodía parece de Bach y por el estilo y la ejecución creo que sé quién está tocando. Me sigo acercando hacia el origen del sonido que se propaga desde las puertas de entrada a la plaza, aunque todavía no veo a la intérprete. Una mujer sonríe bajo el orballo y disfruta del concierto mientras admira el ayuntamiento . Al entrar en los soportales reconozco a la violinista, una chica que toca habitualmente por el centro y que lo hace realmente bien. No creo que un día como hoy saque mucho dinero. En realidad, prefiero pensar que se coloca ahí por la acústica y porque le encanta tocar. Así que sólo queda escucharla: ataca melodías complicadas y las va resolviendo poco a poco con una ejecución donde cada nota es perfecta en volumen, tiempo y en su relación con el resto. Y cómo no, en sentimiento. Al final de la obra, la sensación que perdura es parecida a la que tenías de chico cuando te explicaban cómo se resolvía un problema matemático.

Le doy una moneda y ella a mí las gracias con una sonrisa. Mientras camino hacia casa recuerdo una noticia de economía que acabo de leer en el restaurante y que está relacionada con un gasto espectacular en una auténtica “panochada”. Algo no cuadra y me resulta difícil casar los dos mundos. Porfío en el intento y sigo pensando, porque sé que algo falla y se me escapa. Lástima que nadie esté ahí para resolverme este otro problema…