Archivos mensuales: septiembre 2007

preciso me encontrar

Deixe-me ir, preciso andar
vou por aí a procurar
rir pra nao chorar

quero assistir ao sol nascer
ver as aguas dos rios correr
ouvir os passaros cantar
eu quero nascer, quero viver

deixe-me ir preciso andar
vou por aí a procurar
rir pra nao chorar

se algum por mim perguntar
diga que eu so vou voltar
quando eu me encontrar

quero assistir ao sol nascer
ver as aguas do rio correr
ouvir os passaros cantar
eu quero nascer, quero viver

deixe-me ir, preciso andar
vou por aí a procurar
rir pra nao chorar

Escucha la canción de Cartola aquí

menú en Dublín

Este viernes me fui a comer a Dublín. Al pub, claro. Poca gente sabe que ahí sirven menús a mediodía. Así que el ambiente es siempre tranquilo y relajado. Un primer plato, un segundo plato y una cerveza bien tirada. Esta vez tocó crema de zanahorias, castañeta y una Estrella Galicia. Entre plato y plato aproveché para leer la prensa y observar disimuladamente a la gente del bar. En un determinado momento, un camarero cambió la música y puso un disco de Nat King Cole. Aquel en el que canta canciones en castellano. El mismo que llevaba siempre mi padre en el coche y escuchábamos de pequeños en los viajes familiares. El mismo que robaron un día que nos abrieron el SEAT 124 de noche. Ese mismo…

Al principio pensé que eran imaginaciones mías. Pero después de un rato me di cuenta que todo el pub estaba coreando las canciones. El señor que tenía enfrente atacando la crema de zanahorias, las dos chicas que charlaban detrás mientras fumaban un pitillo, los camareros que recogían las mesas: todos lo hacían de una manera distraída, casi inconsciente. Pero, sin lugar a dudas, todos cantaban. Incluso yo me sorprendí tatareando en voz bajita una letra que llevaba grabada muchos años en mi cabeza.

Y esta es la magia cotidiana. La que te hace amar y querer vivir esta aventura hasta el final. A pesar de los titulares de ese periódico leído entre plato y plato.

velada musical

Viaje de trabajo a Amsterdam. Una empresa nos invita a una fiesta privada. Un local de lujo. Camareros y camareras jóvenes con antifaces. Y una banda de jazz en directo. Poca gente hace caso a los músicos. Y yo hago poco caso a la gente. Van cayendo temas: My funny valentine, When you’re smiling, I’ve got you under my skin, Summertime, I get a kick out of you, I’m just a gigolo.

Al principio nadie aplaude. Así que tímidamente aplaudo al final de la segunda canción y algunos me acompañan. El bajista me hace un gesto de agradecimiento moviendo ligeramente la cabeza. A las cuatro o cinco canciones ya hay gente bailando. Inevitablemente recuerdo muchas cosas, como siempre que suenan estos temas.

Pero unas notas conocidas y extrañas a este ambiente me sacan lentamente del ensimismamiento. Están tocando una versión jazzie de Jump. No me puedo creer que una canción tan rockera como el Jump de Van Halen suene tan bien así. Y de ahí pasan a un swing trepidante. Todavía me sorprenden unas cuantas veces más (Wonderball, King of the road) y al final nos premian con unos bises.

Al terminar la fiesta cogemos un taxi para regresar al hotel. Voy mirando por la ventanilla los canales y me fijo en algún que otro ciclista nocturno. Pienso en la velada. Pienso en esos directores generales. En todos esos comerciales agresivos. Pienso en su poder. Sigo pensando y me pregunto a quién admiro más. Y lo tengo muy claro: a un muchacho alto y elegante vestido con traje de raya diplomática, zapatos negros brillantes y con una sonrisa de felicidad en la cara que roza la afrenta.

¿No se estaría riendo de todos nosotros aquel pianista?