Archivos mensuales: agosto 2007

baby I’m a lost cause

Llevo unas cuantas semanas enganchado a una canción de Beck llamada Lost Cause. Ese estilo acústico y voz cansada me encantan. De hecho, la canción que subí ayer intenta conseguir un sonido de guitarra semejante. Así que pongo el vídeo para que lo disfrutéis vosotros también.

sobre políticos y escritores

Al final he comprado las memorias y ya he comenzado a leerlas. De todos modos, Manué sigue avanzándome citas:

Estos pobres envidiosos, por su secreta miseria, lanzan coces contra la valía personal; mandan con aire compasivo a Virgilio, Racine, Lamartine a dedicarse a sus versos. Pero, soberbios señores, ¿adonde hay que mandaros a vosotros?. Al olvido;os espera a veinte pasos de vuestra casa, mientras que veinte versos de estos poetas los harán vivir hasta la más lejana posteridad

Memorias de ultratumba – Chateaubriand

símbolos

El pasado lunes aproveché para visitar Pontevedra y pasear un poco. No conozco mucho la ciudad y tras unas cuantas vueltas me encontré ante el escaparate de la librería Michelena. Al mirar hacia el estrecho interior recordé que ya había estado allí en otra ocasión. Así que entré y empecé a curiosear las estanterías llenas de libros de cine, música, literatura, ediciones extrañas… el sueño de cualquier ratón de biblioteca.

No sé cómo, acabé en el final del pasillo frente a un mueble en el cual se apilaban libros de arte y arquitectura. Uno de ellos me llamó la atención: se llamaba Los tesoros de Venecia de Antonio Manno. Comencé a hojearlo y creo que es el complemento ideal para visitar la ciudad. Todos esos detalles pequeños, esas connotaciones perdidas que se nos escapan al visitar una ciudad de manera superficial. Por no hablar de los cuadros: muchas veces me sentía triste por no conocer los símbolos asociados a las pinturas. Ya sea de mitología clásica o historia de santos.

Casualmente levanté la vista y me topé con el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot, un libro que podría ayudarme con ese vacío. Siempre le he tenido ganas y en esta ocasión decidí que me lo llevaría puesto. De noche, repasando las páginas como un niño pequeño (fijándome en los dibujos, vamos) pude leer lo siguiente…

“Fonético: Y la palabra, que es fundamentalmente un fenómeno acústico, tiene más valor como sonido que como expresión de una idea, ya que el sonido contenido en ella y que de ella emana en determinadas vibraciones es la modulación del hálito cósmico; pronunciar en el justo modo una palabra sintonizándola, por así decirlo, con los diversos ritmos del cosmos, significa restituirle su elemental poder. En la tradición hindú se alude con frecuencia al sentido concreto de letras (como sonidos) y sílabas o palabras. Al examinar el sentido de las veces Makara y Kumara defínese la significación concreta de cada sonido (la R es la onomatopeya del trueno, simboliza el poder creador; ppo eso la mayoría de los verbos incluyen esta letra en casi todos los idiomas. Ma, alude a la materia, etc). En la sílaba Om (Aum) los hindúes y tibetanos ven concentrada toda la esencia universal (A, principio; U, transición; M, final, sueño profundo). Esta creencia mística en el poder fonético per se llevó a los gnósticos y creyentes de Mitra a la inclusión de pasajes carentes de sentido literal en sus fragmentos rituales y recitados, suerte de música simbólica actuante sólo por el poder del sentido de lo fonético.”

Por cierto, que como buen egocéntrico que soy, busqué ratón y tenemos una pequeña mención:

“El ratón, en simbolismo medieval, es asimilado al demonio. Se le superpone significado fálico, pero en su aspecto peligroso y repugnante”.

Sin comentarios…

haruki murakami

Supongo que llego tarde, pero no puedo evitar escribir una entrada para recomendar los libros de Haruki Murakami. Comencé a leer “Kafka en la orilla” y desde el primer capítulo supe que me encontraba ante algo muy especial. Y quizás leer no es la palabra correcta: devoré las páginas del libro de una manera compulsiva. Después vino “Tokio blues” (lo terminé ayer) y ya estoy pensando en continuar con más obras. Tal y como comenta Rodrigo Fresán en una contraportada “su modo de narrar tiene algo de hipnótico y opiáceo”. Además sus libros nos hablan de otros libros ya que sus personajes suelen ser bastante aficionados a la literatura y a la música. Al parecer Haruki regentó durante ocho años un bar de jazz en Tokio y en sus novelas encontramos referencias que van desde los Beatles, a Beethoven pasando por Miles Davis o Jobim. Incluso me encontré con una figura que toca una adaptación para guitarra de la Pavana para una infanta difunta de Ravel (versioneada curiosamente aquí hace unos meses).

¿Y qué es lo que me gusta de él? Pues la manera que tienen de afrontar los problemas sus personajes. Porque, en general, se trata de gente honrada y honesta, con un marcado sentido del deber y responsable hasta el final (de manera consciente o no) de sus actos. Y no estamos hablando de figuras bobaliconas, aburridas, vacías. Página a página vemos desfilar jóvenes perdidos que buscan su lugar (y el amor) en el mundo, hombres con capacidad para hablar con gatos, suicidas, hermafroditas, mujeres que viven en el pasado y en los sueños de los demás…

Capacidad infinita de amor, de pasión, de erotismo, de sueños. Eso desprenden estos dos libros: vida vida vida.

huecos

Sólo que yo estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Eliot llama “hombres huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas.

Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es importante y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí. -Ôshima señala las estanterías con la punta del lápiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca-. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa.

Haruki Murakami – Kafka en la orilla