Archivos mensuales: mayo 2007

surrender

Ahora que un anuncio de Coca-cola juega con la nostalgia y recuerda aquellas grabaciones de videoclips que hacíamos en cintas VHS, voy a colgar el inicio del primer concierto que compré en mi adolescencia. He podido ver estos cuatro minutos cientos de veces y todavía me siguen gustando como entonces. En aquellos tiempos Bono no andaba tan preocupado por conseguir el premio nobel de la paz como ahora…

de la contraportada de un libro

Para Swinburne era “una obra maestra suprema”. Henry James recordaba que de niño se escondía debajo de una mesa para oír a su madre leer las entregas en voz alta. Dostoievski la leyó en su prisión en Siberia. Tolstoi la consideraba el mayor hallazgo de Dickens, y el capítulo de la tempestad, el patrón por el que debería juzgarse toda obra de ficción. Fue la novela favorita de Sigmund Freud. Kafka la imitó en Amerika y Joyce la parodió en Ulises. Para Cesare Pavese, “en estas páginas inolvidables cada uno de nosotros (no se me ocurre elogio mayor) vuelve a encontrar su propia existencia secreta”

Con esta presentación… ¿quién no querría leer David Copperfield?

la uva y el vino

Un hombre de las viñas habló en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir le reveló su secreto:
La uva – le susurró – está hecha de vino.
Marcela Pérez Silva me lo contó, y yo pensé: Si la uva está hecha de vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos.

El libro de los abrazos – Eduardo Galeano

Creo que descuido demasiado mis palabras…

september song

Hay una escena en Días de Radio de Woody Allen en la que los niños se van a la playa a hablar de sus cosas, tirar piedras al agua y observar el océano. De fondo suena esta canción llamada September Song. Y aquí dejo una versión…

Y pulsa este enlace si la quieres bajar

la cola de los caramelos

Mi clase se redujo a la mitad. La señorita me sentó en otro pupitre, junto a un chico que se llamaba Orion. Nos caímos bien desde el primer momento, y empezamos a hacer juntos el camino de vuelta a casa. Un día me dijo que en la calle Zawalna iban a vender caramelos y que, si quería, podríamos ponernos en la cola. El haberme dicho lo de los caramelos era un gesto muy hermoso, pues hacía ya tiempo que ni soñábamos con golosinas. Mamá me dio permiso, y Orion y yo fuimos a la Zawalna. Había oscurecido y nevaba. Ante la tienda ya se había formado una nutrida cola de niños que se extendía a lo largo de varias casas. La tienda tenía echados los cierres de madera. Los niños que se encontraban al principio de la cola nos dijeron que no abriría hasta el día siguiente y que deberíamos de esperar toda la noche. Desanimados, regresamos a nuestro sitio, es decir, al final de la cola. Sin embargo, no paraban de llegar más y más niños; la cola se alargaba hasta el infinito.

El frío, crudo, gélido, penetrante, se volvió mucho más intenso que el que había hecho durante el día. A medida que pasaban los minutos, y luego las horas, se nos hacía cada vez más difícil aguantar a la intemperie. Desde hacía algún tiempo, en los pies y en las manos tenía unos sabañones inyectados de agua que me dolían mucho. Al caer la noche, el frío helador aumentaba aquel dolor, que se estaba volviendo insoportable. Gemía a cada movimiento.

Mientras, la cola se rompía cada dos por tres en diferentes puntos, desparramándose por la calle helada y cubierta de nieve. Para calentarse, los niños jugaban a las cuatro esquinas. Forcejeaban, retozaban y se revolcaban por el blanco pulmón. Después regresaban a la cola y otro grupo se lanzaba a la carrera entre gritos. En la mitad de la noche alguien hizo fuego. Estalló una preciosa llamarada. Uno tras otro, corríamos hasta aquel fuego para calentarnos las manos, aunque sólo fuera por unos instantes. En las caras de los niños que había logrado llegar hasta el fuego se reflejaba su brillo dorado. A la luz de aquel brillo sus rostros se fundían, se llenaban de calor. Luego, calientes, regresaban a sus sitios y nos entregaban a nosotros, los que seguíamos en la cola, unos rayos de su ardor.

Al alba, la cola estaba rendida de sueño. De nada habían servido las advertencias de que dormir a la intemperie helada significaba la muerte. Ya nadie tenía fuerzas para buscar ramas que echar al fuego ni para jugar al corro o a las cuatro esquinas. El frío, cruel, atroz, monstruoso, nos calaba hasta los huesos. No sentíamos ni piernas ni brazos. Para salvarnos, para sobrevivir a la noche, nos aferrábamos unos a otros con todas nuestras fuerzas. La cola se había convertido en una cadena frenéticamente soldada de la que se evaporaban los restos de calor. La nieve caía copiosa, cubriéndonos cada vez más con su suave y blanco manto.

Aún no había amanecido cuando llegaron dos mujeres envueltas en gruesos mantos y se pusieron a abrir la tienda. Un soplo de vida recorrió la cola. Soñábamos con montañas de caramelos, con maravillosos palacios de chocolate. Soñábamos con princesas de mazapán y con pajes de pasta de miel. En nuestra imaginación todo ardía, centelleaba e irradiaba luz. La puerta de la tienda se abrió por fin y la cola se puso en movimiento. Nos lanzamos todos hacia adelante apretujándonos unos contra otros para calentarnos y para poder comprar algo. Pero en la tienda no había ni caramelos ni palacios de chocolate. Las mujeres vendían latas de caramelos vacías. Una por cabeza. Eran unas latas grandes y redondas que tenían pintados en las paredes unos bravucones gallos de colores y la inscripción en polaco: E. Wedel.

Al principio nos sentimos defraudados y llenos de angustia. Orion se echó a llorar. Pero cuando nos pusimos a examinar de cerca nuestro botín, una gran alegría empezó a apoderarse de nosotros, pues vimos que en las paredes de las latas se habían conservado dulces restos, unas minúsculas migajas de colorines, una escarcha espesa que olía a fruta. Al fin y al cabo, nuestras madres podrían hervir agua en aquellas latas y así obsequiarnos luego con ¡una bebida dulce y aromática! Más animados ahora, contentos incluso, en lugar de ir directamente a casa, nos dirigimos al parque, donde en verano se había instalado un circo. Si bien el circo se había marchado tiempo atrás, como había tenido que recoger los bártulos deprisa y corriendo, habían dejado un tiovivo. Habían robado el motor del artefacto y casi todas las sillas. Pero quedaba una, y si se reunían varios chicos que tuviesen un palo, podrían hacerlo girar como una peonza.

El parque está desierto y sumido en el silencio. Vamos corriendo hacia el tiovivo y empezamos a moverlo. Ya se ha puesto en marcha, ya chirría. He saltada a la silla y me he abrochado la cadena Orion da las órdenes; con voz de mando exhorta a los chicos, que como galeotes empujan el palo con cuantas fuerzas pueden reunir, a que se afanen: rápido, más rápido, más, más, más. Febril, Orion grita a voz en cuello, los chicos también han enloquecido, el tiovivo gira que te girarás, ráfagas de viento helado y cortante me azotan la cara, un viento vertiginoso, cada vez más fuerte, en cuyas alas me elevo como un piloto, como un pájaro, como una nube.

Imperio – Ryszard Kapuściński

pintada

te echo de menos, cabrón

Hay pintadas más sabias que libros enteros. Me acabo de encontrar con esta frase al lado de la plaza de Azcárraga y creo que no se puede decir más en cinco palabras…