la tortuga de la suerte

Sábado por la mañana. Día de compras. Salgo a la calle dispuesto a comprarme algo de ropa. Entro en una tienda y comienza a sonar música techno. Exigencia de rapidez: prueba raudo, decide pronto, paga ya. Al rato, salgo aturdido sin recordar cómo era el diseño de ni una de las prendas.

Busquemos algo diferente. Paro delante de otro escaparate y me gusta lo que veo. Venga vamos. Al entrar me doy cuenta que he aterrizado en un planeta con un tempo muy distinto, donde las dependientas parecen haber pasado por una sala de esterilización: llevan trajes rectos oscuros, se mueven despacio y de fondo suena una música cool. No muy alta, claro. Da miedo tocar las prendas. Tengo la sensación de que si dejo un jersey mal doblado este mundo se va a desintegrar y con él sus extraordinarios habitantes. Decido no romper el orden.

Abandono el sueño, sigo paseando y veo una camiseta musical tras un cristal. Sí: este debe de ser el destino final. Entro y en un equipo de sonido conectado a un Apple suena el último grupo de moda. La dependienta, muy guapa ella, está leyendo una revista y tamborilea los dedos en el mostrador. Encuentro una camiseta de Iron Maiden con unas cuantas tachuelas y purpurina por 60 euros. Dios mío, no sabía que se cotizara tanto el heavy. Me marcho un poco divertido. La muchacha sigue tamborileando sin levantar la vista.

Tomo el camino hacia casa por un callejón. De repente tropiezo con un africano enorme que me pone en la mano una tortuga de la suerte. A continuación, suelta un discurso muy sonoro en italiano-español acerca del simbolismo y bondades de la tortuga mágica. Que todo me va a ir bene si la guardo conmigo. Mientras habla fijo mi vista en su hermosa casaca de colores. Es la prenda más bonita que he visto en todo el día. Y la persona a la que mejor le sienta ese alegre trozo de tela. Cuando termina, le doy unas monedas por la tortuga y la guardo en un bolsillo de mis modernos vaqueros. Se despide dándome las gracias con una gran sonrisa y diciendo que soy muy “gentile”.

Después me alejo avergonzado por esta enorme frivolidad en la que vivimos inmersos.

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